Antes de continuar con el blog y su carácter más objetivo he decidido hacer una parada en el camino. No nos cuesta nada contemplar cómo se encuentran las cosas y nuestras maneras. Puede ser un buen momento para disfrutarlo, y este es un sentimiento que me soslaya por una sencilla razón: acabo de encontrar un hallazgo para la física que, a todas luces, va a tener consistencia. Entre otras cosas porque al preguntar al GPT de turno me dio unas herramientas matemáticas demasiado inocuas y, al pedirle una referencia bibliográfica, observé que no hay literatura hasta donde he creído divisar. Puede que con lo que me esté enfrentando sea con algo ya observado, aunque lejos de mi experiencia personal con lo poco que me enseñaran sobre gradientes, flujos o rotacionales..., pero, aún así, aunque este descubrimiento sea solo personal ya me puedo dar con un canto en los dientes. He dado con una fórmula de éxito, una vez más, y tengo la necesidad de celebrarlo...
Dicho esto, y me río cuando el GPT de turno me llegó a decir: deja ese descubrimiento para más adelante, preocúpate por tu salud..., y es que era cierto: había algo turbio en mis encuentros nocturnos que me impedía la respiración. Ya el sueño no solo venía con sus incursiones fílmicas de manera mucho menos casual que otras veces, sino que encima sentía que la respiración no me llegaba, que algo atoraba mis pulmones... Sin embargo nada me achaca y conmigo nada puede: ni los ataques bacterianos, ni chorradas que el poder de la soledad y la capacidad para aislar los patógenos una mente científica no pueda hacer.
El asunto es que quería presentar las disculpas de porqué me puedo aventurar en el terreno de la literatura y qué derecho, por tanto, me asiste para opinar sobre lo que se acabará por leer en este blog.
Mis comienzos
Pues sí, lo habrán ustedes adivinado: voy a hablar de mi visión de la literatura desde un punto de vista diacrónico y subjetivo. Para empezar explicaré qué es eso del diacronismo, porque para subjetiva esta manera de hablar ya se explica sola: el diacronismo hace referencia a la manera de definir las cosas por cómo han evolucionado a lo largo del tiempo. Efectivamente, como este blog va de lo que va será necesario antes ver de qué pies adolezco cogera.
Como buen español empecé a saber de la literatura en el colegio a través de la escolástica. Entonces, cualquier historia que pudiera parecerme de interés solo podía medir su calidad a través de la densidad de los recursos literarios. Ésa era la manera que tenía entonces de darle valor a la literatura, razón por la cual acabé por considerar que la máxima expresión de una obra literaria estaba en la poesía. Por tanto, de pequeño aspiraba, entre otras cosas, a entender qué significaba hacerse poeta.
Cuando aún estaba en primaria mi poesía era visceral, y gustaba de componer para mi soledad buenas melodías a las que buscar la fórmula que conectara con el alma de la gente. En aquellos tiempos conocía el Quijote, así como la Biblia y, en virtud de que era cristiano, consideraba de enorme valor estético la obra de Cervantes, así como de enorme valor testimonial la propia Biblia.
Sin embargo, en aquellos tiempos los cantantes más famosos y de porte más poderoso también eran ateos. Hablo, efectivamente, de la música heavy de los 80. Algunos habían provenido de hacer cánticos evangélicos y, sorprendentemente, al hacerse famosos con fórmulas a las que respetaba se tornó la llamada a Dios hacia el clamor de una desconocida mientras eran seducidos para poder estar con ella.
No me había percatado de que mi devoción por Dios, que solía convertirse en ir a misa Domingo sí, Domingo no, desde que hice la primera comunión volvería a generarme dudas y hastíos. Los mismos que me generaban cuando en la iglesia el cura decía "podéis iros en paz", la frase más añorada por mi parte y, al mismo tiempo, con ese extraño sabor agridulce: ¿acaso no me cuesta esperar a coger el autobús para poder ir a misa y tener que volverlo a coger para volver a casa? ¿De dónde venía mis ansias por cumplir por un dios al que no temía realmente ni precisaba su aprobación ya que mi fe gozaba de cierta independencia y se centraba en la ontología misma? Asímismo, ¿cómo es que esas canciones tan sacrílegas sonaban mucho mejor que la música sacra en boca de los mismos autores? Era como si el paso a la fórmula del éxito pasara por perder el alma. Como si hubieran hecho un pacto con el mismísimo diablo, figura en la que nunca creí, para alcanzar la gloria y el estrellato como estrellas del rock.
El postestructuralismo
Así fue cómo en una noche llegué a una conclusión: Dios no solo no existe, sino que es una expresión literaria del comportamiento de todo lo bueno que tiene el ser humano y, por tanto, no me corresponde compartir la demostración de su inexistencia ni quería saber nada de lo sagrado hasta que pudiera comprender mejor qué estaba pasando.
El principal problema residía en que la fe no cabía ni antes ni después del uso de la razón, y que el religioso, para que le funcionara la fórmula exigiría tener que irla alternando en su naturaleza de manera deshonesta para así poder seguir creyendo dentro de su disonancia cognitiva en algo tan irracional. Es decir, poco a poco iba comprendiendo en qué consistía un arquetipo literario; se trataba de una divinidad.
Así fue cuando me volví postestructuralista: mi idea era que las historias que funcionaban consistía en la lucha de arquetipos perfectos que representaban las más nobles figuras. Como en el teatro de Lope de Vega, con el afán de llenar el teatro, desarrollé un enfoque literario al más puro estilo de Derridá. Y así defendía la creación de personajes para confrontarlos a un álgebra que permita inspirar un guión. Es decir, si diseñaba un videojuego lo primero que tenía en mente era crear los personajes dentro de un entorno, para acto seguido montar la historia. La idea es que de la oposición nace el éxito, por lo que para montar las historias de mayor éxito solo había que imitar los mitos que hayan sobrevivido desde mucho más tiempo atrás - cuanto más antiguos mejores. De ahí, desde mi adolescencia, me especialicé en mitología ejipcia; que fue invocada en toda mi antología.
El estructuralismo
A medida que pasaban los años fui perfeccionando mi estilo literario, sin llegar a escribir oficial o públicamente ninguna clase de libro. Me gustaba experimentar con las voces y seguir jugando con los estilos literarios. Mi afán era descubrir ese álgebra y también saber cómo corregir las analogías de Derridá cuando él mismo aseguraba que los significados acababan por dividirse siempre en dos, donde uno hacía de valor por defecto y el otro de alternativa. Esa valoración no encajaba con mis experiencias, entre otras cosas porque ya desde mi adolescencia venía defendiendo el transformar nuestro lenguaje a un enfoque más inclusivo.
Sin embargo quería dar un salto descomunal hasta que escribí mi novela, con analogías casi directas de la mitología egipcia. Entonces ya sabía que la Biblia tenía procedencia mezclada entre los babilonios y los egipcios, y conocía el libro de los muertos - desde el que extraje pasajes para conformar un manual que permitiera resucitar a un muerto, si se sabe leer entre líneas en el capítulo más oscuro de mi novela (y por más oscuro hay que ser literales, porque la novela avanza en sus capítulos en el espectro de la luz hacia lo más oscuro, de ahí el título "Luces y espectros"). Y fue cuando descubrí, pero para ser consciente del valor de su obra, a Campbel. Entonces, esos arquetipos que consideraba que eran la fórmula más genérica y perfecta se volvieron las fichas dentro del tablero estructuralista del viaje del héroe. Y eso fue lo que me obligó a redefinir mis enfoques literarios.
Efectivamente, creía que mi visión sobre los estructuralistas ya estaba consolidada por haber conocido a Saussure y, sin embargo, no había profundizado de que mi novela se había estructurado por necesidad según la visión de Campbel. Por tanto, lo que generaba el éxito debía centrar la mirada en los tiempos; es decir, las funciones del lenguaje corresponden según el estadío en el que se encuentra la obra. Ya no era la simpleza que tenía entendido de los griegos de dividir la obra en tres actos - que me parecía obscenamente simple. Resultaba que la división en actos podía justificarse en la medida de que cada una de esas secciones repetía las mismas funciones del lenguaje independientemente de qué obra literaria se tratase... Así que me puse a estudiar las esferas que habría atribuido a los mitos egipcios de la manera más genérica que pude, para respetar a su misma vez el álgebra más compleja que lo interconectara todo. De ahí salió mi teoría sobre los arcontes...
Considerando lo útil que me parecía todo seguí desarrollando esas teorías. Aunque claro, luego descubrí a un filólogo mucho más interesante: Vladimir Propp.
Aprovechando la pandemia me monté mi propio monográfico al estudiar cada rasgo y aspecto que defendía este experto. Mi objeto fue compaginar todos los estudios de Campbel y combinarlos con los de Propp para dar con todos los géneros literarios y, a mi juicio, lo conseguí. De ahí mi teoría del género único.
Conclusiones
Como se puede apreciar, al final resulta que soy un estructuralista bien consolidado y convencido. He encontrado en la filología una explicación a todos los asuntos que prometía la fe, y alguna ideología del montón. Con el tiempo se descubrirá que las estructuras y las formas nos empujarán hacia las ideas de los filólogos soviéticos..., pero eso ya se irá viniendo.
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